Hace unos pocos meses participé en una formación sobre datos, sus costumbres, usos y futuros en el marco de un programa que abordaba la transformación digital enfocado a la industria inmobiliaria. Tras mi exposición, una de las preguntas fue: «¿y cómo crees que esto va a afectar a nuestra industria?». A continuación trataré de explicar por escrito lo que pasó por mi mente en unas pocas centésimas de segundo.

Corrían los años 40 del siglo XIX cuando Florence Nightingale, una joven con una formación envidiable para su época, nacida en el seno de una familia inglesa acomodada, renunció a la vida que tenía diseñada por posición social para dedicarse al cuidado del prójimo. En uno de sus viajes tuvo ocasión de recibir formación médica, así como de observar las prácticas de formación de personas que se dedicaban a cuidar a otros. Nació su vocación por la enfermería y contribuyó probablemente más que nadie al establecimiento de la enfermería moderna. Entre otras cosas, aprovechó la naciente práctica de la estadística, que iba extendiéndose a ámbitos más allá de los estados, para estudiar los factores de mortandad de las tropas británicas en los hospitales de campaña en la guerra de Crimea y proponer a continuación medidas que mejorasen las condiciones sanitarias.

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Sus contribuciones se extendieron al ámbito de la salud pública y a ellas se atribuyen mejoras en la esperanza de vida que superan las logradas por la mayoría de avances médicos. De paso, la «dama de la lámpara» (como se le conocía por las rondas que hacía por los hospitales de campaña, acompañada de una linterna para interesarse por los enfermos y para recabar datos) inventó un tipo de visualización que seguimos utilizando hoy en día (una especie de histograma circular). Florence Nightingale tenía una vocación, tenía claro qué quería lograr y empleó las herramientas a su alcance para lograrlo.

Viajando en el tiempo a la velocidad del rayo, vemos cómo un grupo de estudiantes recibieron en el año 2007, en un curso de diseño de producto en la universidad de Stanford (EE.UU.), el reto de crear una incubadora para bebés prematuros que costase 100 veces menos que una unidad de las que podemos encontrar en un hospital típico en cualquier país con una economía desarrollada. Su primer paso fue irse a estudiar el problema a países como Nepal y Uganda, hablar con hospitales, familias y encontrarse habitualmente con incubadoras donadas, abandonadas en un rincón por falta de electricidad y formación adecuada. Con lo aprendido, se pusieron manos a la obra y fabricaron toda clase de prototipos hasta llegar al Embrace Warmer, una incubadora portátil, textil, que emplea una sustancia parecida a la cera para mantener la temperatura y que no requiere electricidad.

Una incubadora que ha llegado ya a 200.000 bebés que no tenían otra opción. Jane Chen, miembro del equipo que inventó el producto en la universidad y que fundó una empresa para llevarlo al mercado, tenía un objetivo claro, y utilizó las herramientas a su alcance para acercarse a él.


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Pero volvamos a la pregunta que me llevó a repasar estos episodios y otros pensamientos inconfesables. Respondí retomando algunos de los mensajes de mi charla y tratando de dar con la clave para lograr transmitir lo que quería decir. Pero me faltó el mensaje más importante de todos, el mensaje que se deriva de esas historias que iluminaron por momentos mis pensamientos. ¿Quieres saber cómo te va a afectar el uso inteligente de información, o saber cuál es el futuro de tu sector? Crea ese futuro como quieres que sea. ¡Empieza a hacer!

No estuve allí para certificarlo ni sus biógrafos hablan de ello de manera explícita, pero sospecho que Florence Nightingale no hizo un estudio profundo de qué cambios podrían suceder en el ámbito de la enfermería una vez que se empezara a aplicar la disciplina estadística. Y, por cómo lo cuenta ella misma, Jane Chen no dedicó mucho tiempo a realizar un estudio que considerase la implicación de una tecnología u otra en el mercado de incubadoras. Lo que ambas hicieron, Florence y Jane, fue ensayar, fue ponerse a hacer, sin pensar si estaban cambiando su sector o no, sino convencidas de que había que lograr un impacto, y obrando de cara a generarlo.

La clave de cómo los datos van a transformar un sector no son los datos, ni cómo ellos afectan al sector en cuestión. Son las personas que desarrollan su actividad en ese sector, y su determinación para hacer que las cosas pasen. Es más, el caso del Embrace Warmer no tiene grandes cantidades de datos, ni análisis de sus formas, no hay sensores de alta tecnología que provoquen acciones al detectar situaciones de riesgo, ¡ni siquiera hay datos, diablos! Lo menciono como un ejemplo de que la tecnología, como siempre lo ha sido, es una herramienta que servirá para el cambio… pero es que hay que empezar a crear ese cambio y dentro del mismo ver dónde la tecnología puede ayudar. Sí, hay tecnologías que suponen por sí mismas una opción de transformación digital de grandísimas magnitudes, pero la tecnología, por sí sola, no va a cambiar nada. Requiere ser puesta en acción por la mentalidad adecuada.

No pretendo hacer una simplificación radical: por supuesto que hay muchos otros factores que importan, y mucho, a la hora de enfrentarse a una época de cambio en el sector en el que cada uno se desenvuelve profesionalmente. Cuestiones de organización empresarial que afectan a la colaboración entre equipos, capacidad de ejecución de proyectos y de toma de decisiones rápida, legislación vigente, regulaciones varias, etc. La lista es casi interminable, sobre todo cuando uno está en la posición de tener que definir ese siguiente paso y mire hacia donde mire se encuentra con barreras y dificultades. Pero permítanme que diga que me da igual, que todos esos obstáculos me dan igual. Siempre se puede hacer un pequeño experimento, un ejercicio de provocación conceptual, un proyecto que no requiera apenas recursos pero que permita aprender algo y arrancar un camino. Es rara la ocasión en la que no se puede iniciar un movimiento. Es habitual, por contra, darse de bruces con la realidad en muchas de las direcciones que se tomen. Es aquí donde más importa contar con la mentalidad adecuada.

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La convicción de tener que progresar debe tener la fuerza suficiente para seguir buscando el camino, para avanzar una posición más, para mirar atrás, aprender y elegir un siguiente paso que enseñe algo nuevo. Esa convicción tiene que ser la que sea capaz de aunar criterios, de motivar a las personas, de movilizar los recursos, pocos o muchos, que sean necesarios. En el mundo de los datos, en concreto, siempre hay mucho de lo que convencer. Si bien está de moda hablar de cómo el uso inteligente de la información disponible puede ayudar a la toma de decisiones (¿cuándo no ha sido así?), no está tan de moda tomar las decisiones que permitan que esto se convierta en una realidad. O, dicho de otro modo, no abundan las personas con la mentalidad de crear la nueva realidad y hacer frente a lo que conlleva. Con los productos basados en datos, sistemas de inteligencia artificial y otras técnicas y procesos de este apasionante sector aparecen unos nuevos rendimientos de escala: los de los datos. Una operación de datos (recogida, limpieza, catalogación, etc.) a gran escala posibilita servicios y productos inexistentes hasta la fecha. Pero es muy intenso el esfuerzo necesario para lograr tener datos de calidad que representen una diversidad adecuada y en cantidad suficiente para crear los modelos y sistemas que conducen nuestros coches, nos invitan a escuchar nueva música o nos dan las claves para luchar contra la malaria. Es muy complejo el proceso de revisión de los contratos que gobiernan lo que se puede hacer con los datos y lo que no en una empresa. Es difícil explicar que hay modelos de negocio nuevos que suponen perder dinero durante unos años pero que posibilitan la recogida de datos que pueden crear un nuevo valor, mayor, tanto para los clientes como para la empresa. Y muchas actividades más que rodean cualquier proyecto de cambio instigado por lo que los datos pueden hacer. Todo ello requiere una energía que viene con esa convicción de que es mejor ser quien crea el cambio que ser un analista de lo que sucede y esperar a que ese cambio le llegue a uno.

Por aclarar, sería simplista e ingenuo defender que sólo con esa voluntad ya está todo hecho. Claro que es preciso contar con un equipo de profesionales, propios o ajenos, que puedan ayudar a definir esos pasos que se van dando y a ejecutarlos. A entender bien las posibilidades de un conjunto de datos dado cocinado con la receta y técnicas adecuadas. Que puedan adelantar las implicaciones que tienen esos datos al diseñar un servicio, un producto o un modelo de negocio: cómo se consiguen, qué van a posibilitar, cuándo facilitan, cuándo complican. No estoy en contra de definir una estrategia que nos guíe en el momento de ponernos a escrutar el horizonte. Pero permítanme que defienda que, enfrentados al ensordecedor silencio del espacio exterior, conviene seguir la estrategia de aprender haciendo y conviene crear el futuro que uno quiere que venga, más que preocuparse por el futuro que otros puedan crear.

En este punto me viene a la cabeza todo el debate sobre si la penetración de la inteligencia artificial en la sociedad y la aplicación de técnicas de machine learning van a ser perjudiciales, si van a destruir empleo, etc. Es un gran debate y no voy a tratar de resumirlo en dos líneas pues sería ridículo, pero echo en falta un enfoque concreto en casi todo lo que leo al respecto: ¿te estás preguntando cómo va a afectar la inteligencia artificial a la sociedad? Ponte a crear el lugar que quieres que tenga, imagina cómo nos puede ayudar y hazlo realidad. Y en ese camino puedes (y debes) tener en cuenta las consideraciones éticas, sociales, económicas y de toda índole que tiene el fruto de tu trabajo, pero hazlo desde el conocimiento práctico, y sobre todo hazlo creando la realidad que te gustaría tener, no sólo preocupándote por la realidad que puede acabar siendo.

Saltando hacia atrás en el tiempo, de nuevo a la velocidad del relámpago, nos encontramos con que alguien ya dijo todo esto, de un modo más elegante y resumido que lo que usted, lector, ha leído: Antonio Machado.

Caminante, son tus huellas

el camino y nada más;

Caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

Al andar se hace el camino,

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino

sino estelas en la mar.

Los caminos no son sino estelas en la mar. Mar que cambia de forma, mar con sus corrientes, sus olas, sus tempestades y sus calmas. Mar que acabará, antes o después, borrando esas estelas. Estelas, caminos, que habrá que volver a crear, andar, una y otra vez. La realidad misma en la que vivimos, cada uno en su sector, y los datos en los de todos. 

 

(Con la publicación de este post, Marcelo colabora en la investigación del proyecto «Ningún paciente de fenilcetonuria sin un tratamiento eficaz» liderado por el investigador Javier Sancho Sanz, de la Universidad de Zaragoza)

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